Allí donde había que poner el alma

Sergio Álvarez Frugoni y Carlos Enciso frente al mural de la plaza del hipódromo.

Álvaro Riva Rey*
15/11/2016 - Todo aquel que ha viajado y que ha visitado ciudades grandes, desarrolladas o famosas, regresa embelesado con el arte en los espacios públicos, algo que es parte de nuestra propia historia, posiblemente por la influencia francesa en la decoración de plazas, la arquitectura o los monumentos.
Hacer de la ciudad, que es el hábitat de todos, donde se desarrolla nuestra cotidianidad, de nuestras familias y, evidentemente, nuestra descendencia, un lugar lindo, limpio y digno, debería ser un asunto colectivo.
No ocurre así. Existe una exacerbación del vandalismo, que mucho daña y mucho cuesta al erario, y contra el cual solemos hacer nada, salvo lamentarnos. En este caso nos asiste una abulia, una astenia colectiva, una falta de amor propio que alarma.
Es como si todos fuéramos cómplices o coautores, porque esto ocurre tanto a quien planta unas flores en el frente de su casa, como a la intendencia, cuando ilumina, instala bancos o construye un nuevo espacio público.
Es increíble pero es lo más común que hasta para pintar el frente de una casa haya que tomar precauciones y utilizar materiales “anti-vandalismo”.

NO RENDIRSE JAMÁS
Ni qué hablar si, además, queremos tener una ciudad que los demás quieran visitar.
Es frecuente que nos quejemos porque no nos visitan, que no tenemos turismo o que no somos un lugar de atracción. Decenas de ideas se cruzan en las calles, porque en general a la gente le gustaría que hubiera restaurantes funcionando, cafeterías o lugares públicos para visitar.
Cuando se protege patrimonio, o se recuperan edificios o se ofrecen servicios culturales, se piensa en una ciudad acogedora, anfitriona, tolerante y, como se dice ahora, amigable.
A quienes nos toca la tarea de gobernar se nos hace un imperativo tener estos temas en agenda y trabajar en este sentido, especialmente cuando lo que se administran son bienes culturales, tangibles o simbólicos.
Esto va, desde quienes se levantan cada mañana a recoger los residuos domiciliarios, arreglar los parterres en una plaza, iluminar o reparar un pavimento.

CUANDO LLEGA LA BELLEZA
La semana pasada Sergio Álvarez Frugoni terminó de pintar un mural en un espacio público que no ha sido inaugurado.
Era una vieja idea suya que comenzaba a hacerse algo urgente. Sergio quería dejar a Florida un mural en un espacio público, por eso había ofrecido su trabajo, su arte, donándolo para que Florida pudiera contar con una obra de arte en la vía pública.
Valora lo estético, conoce lo que ocurre en las grandes ciudades europeas y, por sobre todo, valora Florida, la ciudad de sus amores, esa que fue su hábitat en momentos trascendentes de la vida.
No es que nos haya hablado de ello, lo sabemos luego de charlas y mails, tiempo dedicado a compartir ideas sobre la materia.
Fue Carlos Enciso el que insistió para que ocurriera. La intendencia, a través de la dirección de Cultura, asumió los costos de logística, el funcionario Jorge Romero (muralista también) se puso el pie del cañón, y así en un par de semanas, el mural -que se pintó sobre un muro especialmente diseñado para ello- quedó listo, en todo su esplendor.

ENTRE VARIOS BARRIOS
La que hoy conocemos como “plaza hipódromo” -y ojalá pronto tenga nombre propio-, donde está el mural, está ubicada en la confluencia de varios barrios y pretende ser un lugar de integración para varias comunidades.
El lugar adquiere relevancia. Además de extender hacia allí los centros urbanos y los espacios verdes y de esparcimiento, llega una obra de arte de relevancia. Lo hace un sitio especial.
Confluyen allí, además, la convicción de Enciso de que debe haber espacios públicos para el desarrollo de una vida plena, saludable, pacífica, armoniosa, en un entorno bello, y la presencia de Sergio Álvarez, que ha puesto lo mejor que tiene para darnos: el alma.
Ojalá se entienda. Y se disfrute. 

*Periodista, director de Cultura.